En combustión

En los alrededores del Cine Paz no se podía dar un paso sin tropezar con un fallero convenientemente intoxicado para la ocasión. La Falla de Benirredrà, en la que mi padre y mis dos tíos ocupaban cargos rimbombantes que les costaron tiempo, dinero y disgustos, había contratado a tres cómicos emergentes que se hacían llamar Martes y Trece. Supongo que con ese golpe de efecto pretendían impresionar a las fallas rivales. Eran hombres audaces e insensatos: todos ellos emprendieron negocios que acabaron fracasando, cometieron graves errores familiares y murieron prematuramente. Es curioso, pero solo conservo dos recuerdos del Cine Paz: el primero me retrotrae a aquel hall atestado de gente que fumaba y bebía sin cesar antes de la actuación. Una de aquellas personas, no recuerdo quién, me quemó accidentalmente en la frente con su cigarrillo. Recuerdo haber llorado mucho, era un niño pequeño y delicado. El otro recuerdo, extrañamente, también guarda relación con el fuego, con uno verdaderamente destructor: la noticia del incendio que poco tiempo después arrasó para siempre el moderno Cine Paz. Mientras escribo estas líneas arde la Catedral de Notre Dame. Estoy temiendo que de un momento a otro mi corazón sucumba a una combustión espontánea.

Román Falquet

 

Es curioso, pero mientras se quemaba la catedral de Notre Dame, junto con un gran sentimiento de tristeza me vino a la cabeza la popular película de Disney: El jorobado de Notre Dame. Aunque de dibujos animados, creo que hizo que se conociera, al menos para mi, la maravillosa catedral de París. Si no habéis visto la película no sé a qué esperáis. Al ver el incendio pensé «pobre Quasimodo, se ha quedado sin casa». Y pobre catedral de Notre Dame de París, tus gárgolas ahora lloran.

Natalia Planes

 

Mientras se quemaba la catedral de Notre Dame, Paco estaba en casa viendo las imágenes por la tele boquiabierto. No se lo podía creer. Él que conocía bien París y sus iglesias, sabía el valor que tenía esta catedral para la vida de los parisinos. De inmediato le vino a la memoria sus años de estudiante vividos en el no muy lejano Barrio Latino. Recordaba con cariño cuando se sentaba frente Notre Dame al otro lado del río mientras comía un típico bocadillo griego con los amigos, esos bocadillos que aquí en España se llaman turcos.

Le encantaba la arquitectura gótica, de la que la catedral de París era el máximo exponente. Las imágenes de la televisión le dieron una lección de vida: tumbas y templos suelen construirse para la eternidad y, con el paso del tiempo, acaban destruyéndose igualmente. Todo es relativo en este mundo.

Gonzalo Ortega

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